Spotify. La música nunca a otra parte

El título no es que sea lo más original de mi nueva columna. Hablar del modelo de Spotify, y en general del streaming, es hablar de la historia de la música. Desde hace unas décadas, quizás desde la aparición de la radio, somos unos grandes afortunados por la gran variedad musical que estamos disfrutando. La música forma parte ya de la sociedad y de muchas de nuestras historias personales.

No seremos nosotros los que recordaremos que no siempre fue así. Escuchar música hace dos siglos no estaba al alcance de todo el mundo. La sociabilización de la música llegó con la aparición de los medios de comunicación.Primero la radio, luego la televisión, y más tarde múltiples reproductores musicales portatiles. Esto creo un sistema de valor añadido de la industria basado exclusivamente en la explotación de los derechos de la música más que en los artistas.

Ahora la irrupción masiva de internet, pero sobretodo del streaming, ha llevado a la distribución musical a su nivel más alto. Aunque curiosamente la industria sigue trabajando con el mismo modelo de gestión de hace 50 años. Todos somos conscientes, o no, que la llegada de las nuevas tecnologías crea una nueva sociedad, nuevos escenarios, y sobre todo una nueva forma de relacionarnos en lo personal y como no en lo económico. Esto provoca un cambio de modelo social, por ejemplo no habrá trabajo para todos, aunque la industria musical parece ignorarlo. Sigue anclado en su pasado.

Spotify nació con esa idea en mente. Así en el modelo actual de la compañía sueca cerca del 80% de sus ingresos provienen de las suscripciones. Vamos una idea absurda. Algo así como pretender que los diarios funcionen por el número de ejemplares vendidos. Alguno dirá, mira el listo “pero el modelo basado en publicidad en el mismo sector de streaming, el caso de Pandora, tampoco esta para tirar cohetes”. Efectivamente eso es cierto. Lo cual deberíamos llevarnos a pensar que el cambio de la industria musical no depende tanto del medio de distribución como del origen del intangible llamado música.

A día de hoy es inadmisible que casi el 70% de los gastos de Spotify sean para los derechos de los cantantes. Eso es un modelo caduco. La música no olvidemos simplemente se escucha. Ha evolucionado de un término de posesión a un termino de uso. Primero el disco de vinilo, el cd, luego la descarga, por ejemplo itunes, y ahora el streaming. No todo el mundo quiere poseer ese bien, o ya ni descargarlo – obviamente gente para todo hay – sino simplemente escucharlo. Y seamos sinceros en ningún modelo de alto valor añadido se debe pagar lo mismo por una posesión que por un uso.

Decía una canción de los 80s algo así: “la música es el futuro, vivir sin música sería imposible en un mundo con tantos problemas”. Lo cual es muy bonito y todo eso bucólico que quieran. Pero no olvidemos que la música en lo económico es ante todo un derecho, un intangible. En teoría cualquier intangible tiene un coste de creación. Con el tiempo debería depreciarse y como no, amortizarse, por lo que baja su valor. La música no es una excepción. No es el rara avís de la economía. Por eso quizás el tiro es equivocado. Quizás toque reinventar más la industria musical que reinventar Spotify u otras empresas de streaming.

Delicadamente como diría otro canción estamos asistiendo a la caída de los dinosaurios musicales. Matando lentamente con una canción. La canción de la economía real. La industria ha encontrado, así mismo, en el streaming de pago un sistema de empresas como Spotify de nuevo valor añadido: combate la piratería. La música usa ese canal, pero debe reinventar los suyos propios. Regresar al contacto diario, aumentar sus ingresos con conciertos, actuaciones en directo, patrocinios de giras. Actividades que muchos sectores han descubierto sin problemas y que no solo servirán para aumentar sus beneficios, sino para extender su negocio. La industria musical no puede vivir eternamente simplemente de escuchar música.

La compra del servicio de streaming de Songza por Google es la confirmación que, en breve, el sector apretará las tuercas a los grandes productores. No sólo Google, sino Amazon y Apple también quieren participar del pastel de su nueva concepción de la música. Todas esas compañías son conscientes que el paso para triunfar pasa por reducir al máximo el valor de la música. Por contra la industria de la música deberá aceptarlo para poder estar en disposición de aumentar sus beneficios, e incluso de sobrevivir.

Pero, olvidemos el presente. Pensemos ya unos meses más adelante. Quizás en pocos años deberemos preguntarnos ¿sí el mercado aceptará tantos nuevos competidores de streaming? La respuesta es clara, no. Habrá una batalla con ganadores y perdedores. Alguno dejará el servicio, y otros serán vendidos o adquiridos. Quizás el mismo Spotify desaparezca. En todo caso, pero, habrán logrado el objetivo fundamental reducir los márgenes de la industria musical. Y ese camino no tendrá vuelta atrás.

Spotify es la puerta de ese cambio. Mientras muchos seguiremos escuchando a diario canciones de tiempos atrás. Canciones de nuestra juventud, o canciones que simplemente nos emocionen o nos traigan recuerdos. Spotify, y en general la música en streaming, ya no mirará para atrás. Ha llegado para quedarse. Quizás no con ese nombre, quizás como Apple, como Amazon o como Google. La música es curiosamente uno de los artes más antiguos, pero seguramente es el que más ha tardado en explotarse y comunicarse en masa. Su obvio retraso. Su estabilización en procedimientos más antiguos. Todo suma una semilla fácil para un cambio brusco. No asistiremos al cambio de Spotify, sino al cambio de la industria musical.

Pero esa juventud en la industria musical favorece su adaptación a los cambios. En los próximos años redibujaremos nuevos escenarios en la sociedad. Pero para no confundirnos. El streaming no es el todo. Sí podemos entender hasta explicar con simpleza que no trabajar no será un fracaso, deberemos escenificar también a los autores que no estar en Spotify no será un fracaso. El rendimiento musical debe venir de actividades reales, conciertos o patrocinio, mientras que el canal distribución de música por streaming debe hacer su función de comunicación. Ni todo en la vida es ganar dinero, ni todo en la música lo es.

Los sectores económicos están más cerca de lo que creemos en las nuevas economías. Nadie puede pretender en el s. XXI que un diario viva exclusivamente de los pagos de sus lectores. Equivocadamente tampoco exclusivamente de la publicidad. Como tampoco el streaming. Los nuevos escenarios que puede, y debe, abrir Spotify deben servir como espejo para cualquier negocio basado en intangibles o derechos de propiedad intelectual. Los contenido intangibles cuesta crearlos pero sino se distribuyen acertadamente no valen para nada. La música nunca debe estar en otra parte. Nunca sera otra cosa que economía.

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