Otro Tata será otro año perdido

Estaba claro que iba a pasar. Había mucha gente, con más o menos razones, pendientes de los pinchazos de Luis Enrique y, por mimetismo, tirando hacía arriba de Andoni Zubizarreta para lanzarse sobre ellos. Sólo hace falta leer los titulares de algunos diarios deportivos, y no tan deportivos, de Barcelona para darse cuenta de que Luis Enrique afronta su peor momento en el club.

Dos partidos complicados, Paris Saint-Germain y Real Madrid, dos derrotas. Sumemos situaciones extrañas. Deportivas y no deportivas. Las salidas de tono de Gerard Piqué tratadas con poco rigor. Las respuestas aún más rocambolescas de Jordi Alba. Las titularidades de Xavi Hernández en el partido más trascendente. La inanición de Messi cuando más se le espera. Los cambios y no cambios del argentino en confirmación de un poder del entrenador que quizás nunca ha existido.

Porque quizás, y sólo decimos quizás, ese es el gran problema del Barça actual. Quizás ese es el gran problema de Luis Enrique. Los que hemos sido muy críticos con la persona, y sobre todo el personaje, de Pep Guardiola, siempre le hemos reconocido al menos dos cosas. Una, conseguir llevar un vestuario, dentro y fuera, con mano dura, ideal y único modelo de equipos superprofesionales. Y dos, exigir el máximo esfuerzo a los suyos. Sólo al mismo nivel de esfuerzo que sus rivales pueden superarlos por su talento.

Mano dura es no permitir libertinajes y salidas de tono de algunos jugadores, aunque ellos crean que es su tiempo libre. Exigir esfuerzo no puede significar correr menos que el rival, sea el Real Madrid o sea el Elche. A Luis Enrique deberían explicarle que esto no es el Celta. Aquí no se solucionan los problemas dejándolos madurar solos. A una crítica no se responde con respuestas propias de una conversación nocturna de bar. Debe recordar ya por qué Tata Martino, con un inicio mucho más brillante que el suyo, acabó como acabó.

Ahora Luis Enrique ya no es un jugador, sino un entrenador, y el máximo responsable de su equipo. Debe trabajar día y noche. Debe trabajar dentro y fuera del campo para que su equipo funcione al 100%. Debe esmerarse en sus tiempos. No vale responder con sonrisas “extrañas” a las preguntas incomodas de los periodistas para esconderse, sino que realmente debe enfrentarse a los problemas para superarlos.

Muchas veces parece que anda equivocado el entrenador. El problema de Luis Enrique no son los periodistas. No son las preguntas incómodas, sino preguntarse por qué se las hacen. Escuchar, conocer, entender, ver qué ha pasado para que se las hagan. Los periodistas, en definitiva, son parte de su reto. Quizás, volvemos al quizás, él debería pensar en demostrar si está preparado para poner esa mano dura tan necesaria en un equipo superprofesional. Luis no sólo debe parecer que manda, sino que debe mandar de verdad. Otro Tata será otro año perdido.

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