La primera transición del periodismo

Vamos a partir esta semana de una doble dicotomía. Por un lado, nos podemos preguntar si el denominado cuarto poder, la prensa, ha hecho la transición en España, y por otro, algo más básico que es hasta donde debe llegar la función del periodismo y, cómo no, la del columnista u opinador.

En estos tiempos de crisis de los medios, y de crisis del propio sistema, se puede identificar cada vez más el alineamiento de la mayoría de los medios con la dirección de una línea editorial.

Es sorprendente, por ejemplo, la unanimidad de los medios en Catalunya con la línea oficial, que puede provocar, casi, un discurso único. No hablamos ya de TV3, sino incluso de medios que solían tener una línea más independiente como La VanguardiaEl Periódico de Catalunya.

Esta misma alineación sucede también en los medios de Madrid. Donde con un escalado más o menos parecido siguen todos un mismo patrón. Uno puede llegar a preguntarse si realmente existe algún medio independiente en este país. Que nadie se lleve al equívoco.

En muchas ocasiones esa implementación no se formula bajo unas instrucciones directas, sino con una simple elección de personas, que siguen una línea editorial. Los personajes crean el discurso en función de la persona que los ha elegido, y éste elige para su medio a aquellos que cree que mantendrán esa línea editorial.

Eso que nos parece muy “rocambolesco” ha sido la política general de los grandes medios. Aquí no ha importado quién dirá algo, sino simplemente qué dirá. Y eso ha sido siempre así en España.

Podemos decir que ha sido una tónica, y que se han mantenido las políticas que en los medios ya existían en los períodos dictatoriales y de pensamiento único, donde sólo lo tuyo o los tuyos son válidos.

La primera transición que sí se ha dado en la  en la política y en la judicatura no se ha producido todavía en el periodismo.

Y hay ejemplos suficientes. Algunos obvios, que hacen referencia al mandamás en los informativos de RTVE en la época de Franco, Juan Luis Cebrián, que pasó a ser, por una de esas extrañas conversiones, el máximo dirigente del diario independiente de la mañana, El País, dando, cómo no, lecciones de democracia. Otro ejemplo es La Vanguardia, que ha convertido su voz en un discurso único, sin atisbo de error.

Pero hay extremos de todo tipo. También hay que recordar aquello tan criticado del franquismo, como el amiguismo. Son ejemplos de ello periodistas como Ana Pastor, colocadas a dedo por su tendencia ideológica en RTVE, que luego fue incapaz de superar una oposición –eso sí, con un sueldo superior al Presidente del Gobierno,– u otras u otros colocadas/os cual florero por su belleza, y que no son capaces de informar sin violentar la palabra y la vergüenza ajena.

Criticamos a Paquirrín porque está donde está por ser “hijo de”, y no somos capaces de ver que ese modelo retrógrado anida en la mayoría de medios y televisiones pagadas por todos.

Esto nos lleva a una segunda cuestión que indicábamos en el planteamiento inicial, y que en estos momentos deberíamos plantearnos seriamente. La mayoría de medios en Catalunya y España, ¿informan o simplemente opinan? Puede ser un detalle quizás complejo, si seguimos esa máxima de “toda información es opinión”, pero no se nos debería escapar. En uno momento de cambio como el actual lo que ante todo reclama la población es INFORMACIÓN – recalcado en mayúsculas – y sólo vemos opinión.

Pero seamos francos. La opinión en cada diario, en cada televisión, en cada segundo, la mayoría con una dirección muy concreta, dice muy poco sobre la pluralidad de esos medios.

Yo que soy afortunado puedo escribir de lo que quiera en este medio. Si un día me da por describir el crecimiento de un crisantemo o por hablar del abuelo de Heidi me podrán leer – supongo que si lo hago repetitivamente seré aburrido y ya no valdré -.  Tengo esa libertad que me permite opinar sin tapujos en este medio, y ahí esta la clave.

Porque opinar no es lo mismo que informar. Y los medios, principalmente muchos pagados con dinero público, como la propia TV3, por citar lo más cercano, se dedican a opinar cuando debieran informar. La opinión, como esta columna, tiene siempre una función perturbadora y abierta al debate. Pero cuando la información es de pensamiento único no da lugar a la opinión.

Y esto que puede parecer un juego de palabras es lo que estamos viendo a diario en muchos medios, tanto de Catalunya como de España. Medios serviles que confunden su pensamiento único con información y coartan cualquier opinión que no siga el argumentario previamente elegido.

Quizás me equivoque, pero la función del periodismo “per se” es informar y no opinar. Lamentablemente esa función se pierde, y nos acercamos, o retrocedemos directamente a los tiempos donde informar era un riesgo.

Recuerden en aquellos tiempos, bien lejanos, donde una información precisa era una pieza preciada. Actualmente, en los tiempos de la comunicación, donde todo fluye más rápidamente, la información vuela. Y ahora hasta hay periodistas – habría que llamarles comunicadores – en las grandes empresas del IBEX que no informan, sino que ofrecen la información que la empresa requiere. Prostituyen el término ‘periodismo’ con algo que es más parecido a la inoculación.

Informan de lo que es conveniente para su medio, pero quizás no de lo que debería ser noticia. Llamémosle algo, pero no periodistas.

Y ¿qué decir de los opinadores o columnistas? Confundir lo que quieren los lectores leer, con lo que me da la gana decir es su principal error. Eso acuñado bajo la etiqueta de ‘políticamente correcto’ ha servido para que muchos contertulios medren de la mesa, al consejo de las grandes empresas. Simplemente por trasmitir lo que en ese momento hay que decir, y no lo que en ese momento uno quiere decir.

Al revés de lo que sería lógico, los columnistas no abren debates, sino que cierran ideas, y consolidan un pensamiento único que ante todo es perjudicial para cualquier país. Un columnista está para decir lo que le de la santísima gana, no para escribir lo que sea políticamente correcto, y sinceramente pocos quedan.

Y que nadie dude que en un momento histórico como éste toca informar a través de periodistas y opinar a través de los columnistas. Esclarecer ideas y debatirlas. Todas, sin pausa, y con argumentos.

Toca que el periodismo y su entorno haga esa transición perdida y de una vez sea un placer leer a gente que puede aportar algo más que una repetición de lo visto en la televisión, oído en la radio y leído en la prensa.

Ahora es un ejército muy numeroso, pero tristemente es uniforme. Y esa uniformidad y ese discurso único no es la realidad de ningún país. Queremos un buen país, y hay que abrir la puerta a la opinión.

 

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